POR UNA DEMOCRACIA ANTIMANICOMIAL - ANDRÉ NADER
El dieciocho de
mayo marca en Brasil el día nacional de la Lucha Antimanicomial, momento
oportuno para recordar los motivos por los que decimos no al manicomio. Desde
la inauguración del primer asilo en nuestro país -el Hospicio de Pedro II
(1854)- se ha instaurado asimismo una lógica que buscaba resolver, de un solo golpe,
todos los problemas que la locura podría traer a un individuo, a una familia y
a una comunidad. Todas las complejidades de una vida: historias de la infancia,
amistades y amores; compromisos, promesas, relaciones laborales, deseos para el
futuro, quedaban en suspenso durante días, años, a menudo para siempre, debido
a la creencia infundada de que tratar la locura significa encaminarla y
encerrarla en una institución total. En estos lugares ocurrían una serie de
malos tratos, negligencias, abusos de poder y muertes. Sin embargo, incluso si
tal violencia no hubiera ocurrido, la mera suposición de que toda la vida puede
reducirse a una sola etiqueta (enfermedad mental) y a una única solución
(asilamiento) ya sería inaceptable.
Año tras año,
seguimos recordando esta lucha y todo lo que ella significa, no solo como un
hito sino como una advertencia de que esta confrontación aún nos resulta
necesaria. No luchamos porque aún existan instituciones que encarcelan la
locura, sino también, y especialmente, porque hemos visto cómo la lógica del
asilo se ha extendido a varios sectores de nuestra sociedad. Para pensar esta
lógica proponemos tomar el manicomio como una figura de lenguaje, una
metonimia, que representa una relación contigua con una forma de pensar: una
racionalidad que afirma ser capaz de resolver cualquier tipo de pregunta con
respuestas rápidas, estandarizadas y simples. Así opera la figura del
manicomio: ¿indisciplinad* en la escuela, en la calle o en casa? envial*
al manicomio. ¿usuari* de drogas? exíliel* en el
manicomio. ¿gay? rápido, al manicomio. ¿embarazad* de
un hombre casado? escóndal* en el manicomio. ¿opositor*
político? expatríel* al manicomio.
Siguiendo esta
rítmica, el tren a Barbacena construyó su ruta siempre concurrida directo al Hospital
de Colônia[2]:
solo allí murieron en el olvido más de 60.000 personas. Bajo la aparente
simplicidad de la lógica se encontraba velada, invisible, la violencia que
produce; su efectividad sostenida en la fabricación de un ocultamiento: las
personas (convertidas en problemas y enviadas al hospicio) simplemente fueron
olvidadas bajo la creencia de que estaban siendo tratadas; sin embargo, sus
cuerpos fueron castigados, abandonados y violados. En Barbacena, los cadáveres
de estas "personas problemáticas" no solo se ocultaron -descompuestos
con ácido en el patio del hospicio- sino que también se convirtieron en una
oportunidad de lucro: la venta ilegal a las facultades de medicina generó
alrededor de seiscientos mil reales para las arcas de la institución. En lugar
de ser eternizados en sus respectivas lápidas, como hacemos con nuestros
muertos, estos cuerpos se han convertido en dinero, como solemos hacer con los
objetos que producimos. Esta es otra característica de esta lógica a la que
referimos: ocultar los cuerpos de aquellos que pagan por la simplicidad de la
solución escogida, encubriendo asimismo los intereses individuales que subyacen
a la elección de estas opciones
En resumen, por lógica manicomial nos referimos a todas aquellas soluciones simples y rápidas, impulsadas por intereses individuales, que reducen a las personas a la condición de desechos, no sin antes invisiblizarlas, de modo que tales soluciones parezcan racionales, reflexivas y de interés general. Por lo tanto, los muros creados no siempre tienen que ser concretos para que ciertos grupos de personas sean ocultados y sometidos. Aunque siempre persiste el deseo de visibilizar los muros -como en la reciente aprobación en el Senado de Brasil de una propuesta que regula y amplía las internaciones compulsivas- a lo que estamos asistiendo hoy es a la construcción de muros simbólicos, mucho más efectivos en la medida en que son menos visibles.
Nuestra actualidad ofrece una profusión de ejemplos de esta lógica: armar a la población resolvería los problemas de seguridad pública; liberar tierras para la explotación impulsaría el agronegocio; flexibilizar las relaciones laborales reduciría el desempleo; impedir discusiones sobre la sexualidad y el género garantizaría el desarrollo normal de l*s niñ*s. Aunque sin paredes de concreto, todas estas acciones aparentemente "simples" crean barreras para ciertos grupos. Se dibujan líneas que definen quiénes permanecen adentro y quiénes son expulsados al afuera. En este contexto, l*s negr*s, l*s indi*s, l*s pobr*s, l*s homosexual*s y l*s loc*s pagan con sus cuerpos para que esas soluciones apacigüen el deseo de orden y progreso de otros grupos sociales.
Hemos luchado
durante décadas contra la exclusión social de la locura. Una tarea ardua y
constante hacia la construcción de una sociedad sin manicomios, es decir, sin
los muros de hormigón que aprisionan y esconden a l*s loc*s, y también sin los
muros simbólicos que l*s exilian en sus propios hogares (incapacitad*s de
circular en una sociedad que no les acepta) y en sus mentes (anestesiad*s por
la prescripción abusiva de psicofármacos). En esta lucha, el tema de la locura
dejó de ser un problema exclusivamente clínico (y, más específicamente, de la
clínica psiquiátrica) para ser también entendido principalmente como una
cuestión política, un movimiento que acompañó el proceso de redemocratización
brasileña. La pregunta por la sociedad en la que deseamos vivir se ha
convertido en un eje orientador, cuya respuesta ha dado lugar a distintas
reflexiones, a nuevas modalidades de servicio y de prácticas de salud mental,
nucleadas en el lema del movimiento: "Para una sociedad sin
manicomios". En el contexto de los ataques a las políticas más
progresistas en el campo de la salud mental desde fines de 2015 -con el
nombramiento del ex director del manicomio privado más grande de América Latina
para el puesto de coordinador general de Salud Mental, Alcohol y otras Drogas
en el Ministerio de Salud- y el inminente impeachment de Dilma Rousseff, en
2016, una nueva máxima comenzó a ser utilizada por los movimientos de lucha
contra los manicomios: "Para una Democracia Antimanicomial" -otra
guía interesante para responder a la pregunta sobre qué tipo de sociedad
deseamos.
La elección de
esta máxima no podría ser más precisa y actual. Vivimos hoy en Brasil una
especie de metástasis de la lógica manicomial, que se extiende por diferentes
sectores de nuestra sociedad a partir de la modernización de las técnicas de
control y de sujeción de los cuerpos. Ante este escenario, es más que urgente
seguir pensando qué tipo de sociedad queremos. Durante los últimos años hemos
presenciado una intensificación de los procesos de exclusión, que empujan al
margen a porciones cada vez más amplias de la población: en una inversión de lo
que sucedió en los manicomios, quienes ahora permanecen dentro de los muros son
las castas privilegiadas, empujando hacia afuera a todos aquellos considerados
como resto. Contra esta lógica del condominio, que tiene por
principio excluir lo que está más allá de sus muros, creando la falsa sensación
de que lo que queda por dentro es universal, se vuelve necesario adjetivar el
sustantivo democracia. En teoría, toda democracia debería ser antimanicomial,
dado que la racionalidad manicomial es claramente totalitaria, y por lo tanto,
antidemocrática. Sin embargo, vivimos en una época que ha sido drásticamente
paradójica a la hora de pensar la democracia. Nuestro gobierno elegido
democráticamente, bajo la apariencia de luchar contra el comunismo, ataca lo
que es común, lo público, lo que debería ser de todos. Dicho de otra manera, el
gobierno actual ha construido muros, ha restringido los accesos a lo público,
decidiendo quién queda adentro y quién afuera: una democracia manicomial.
Como sociedad quizás hemos sido, en estos poco más de treinta y cuatro años de democracia, muy poco radicales con su significado. Este hecho nos obliga a ser redundantes al nombrar lo que queremos: una democracia antimanicomial. La democracia es mucho más que la elección directa de nuestros representantes. Significa también menos muros, menos opresiones y menos condominios, sustentada esta tesis en la idea de que hay una responsabilidad compartida de cada un* de nosotr*s hacia l*s otr*s. Es precisamente a favor de la desresponsabilización que se construyen los muros. Aquí los manicomios y la lucha contra ellos son un potente instrumento para comprender esta cuestión. Compartir responsabilidades frente a la locura no es tarea fácil. Frente a obstáculos como este, se ha decidido por la internación como única solución: un tipo de respuesta que, como ya discutimos, se rige por una lógica que oculta, excluye y, si es posible, lucra con ello; una lógica que no se responsabiliza socialmente por la locura, ocupándose solo de los intereses y efectos individuales.
Cuando hablamos de luchar contra la lógica manicomial, en lugar de proponer una solución más bien nos asignamos un desafío: ¿cómo asumir esta responsabilidad? Sería simplificar demasiado suponer que bastaría con cerrar los manicomios para así acabar con su lógica extendida en la sociedad. Este es solo un primer paso –importante, claro- pero el desafío viene luego. ¿Cómo afrontar la locura, relacionarse con ella, sostener su diferencia radical, sus crisis y sus inconstancias? Cualquier persona que trabaje en esta área sabe que en este punto nos movemos fuera del campo de las respuestas estereotipadas y nos adentramos en el campo de la invención. Ser antimanicomial no es solo estar en contra de algo sino ser capaz de habitar el mundo asumiendo responsabilidades para sí: sin la protección de muro alguno y sin ninguna garantía de que lo que funciona un día funcionará al día siguiente.
Se trata, en consecuencia, de un proceso eterno de construcción, en el cual las conquistas de un día pueden ser los peligros del siguiente. Pues bien, la democracia se compone de una indeterminación equivalente a eso, así como de una invención constante de respuestas repletas de peligro -lo que nos obliga a repensarlas constantemente. La democracia, por lo tanto, es antimanicomial. Emerge como un desafío profundizar en el significado de esta fórmula, evitando que sea degradada por el influjo de respuestas simples, rápidas y, por lo tanto, violentas. Que el 18 de mayo sirva para recordarnos la importancia de seguir adelante con esta tarea.


Comentarios
Publicar un comentario